Uno puede nacer creyendo o nacer
sin creer y puede nacer creyendo y crecer sin creer o nacer sin creer y no
creer nunca en dios. Pero lo que no sucede, no suele suceder es que nuestra
sociedad haga niños que nazcan sin creer y luego crean. Uno puede creer que el
último caso es el de todos los niños y que el proceso del no creer al creer es
nada menos que la adopción de una cultura –teísta. Pero el común de los
sociólogos pasan por alto que los niños pequeños creemos en todo y por lo tanto
así como creemos en la existencia del cuco, de papá Noel y de sus padres, asì
también cuando escuchamos habar de dios creemos que existe. La adopción de la
cultura entonces consistiría más bien en darle una forma a ese dios o matarlo.
Lo que no sucede es que haya niños que no crean. Yo fui un niño que creyó en
dios hasta que mis padres se encargaron de matarlo. Cuando tenía menos de cinco
años mi padre me contò que era ateo, que èl no creía que dios existiera. Si yo
creìa que dios existía la duda fue la primera forma que tuvo mi dios. Dios era
algo que existía en forma de duda, y, a diferencia de las baldosas que todos
las ven por igual y las pisan firme, aùn cuando están flojas, dios debía ser
una cosa que unos ven con firmeza y otros no ven para nada, pero que, además,
la firmeza de la visión de unos no entra nunca en relación con la duda o la
negación declarada de los otros. Bueno
eso en realidad define el acto de creer. Dios me recuerda al ántrax. Después
del ataque de las torres la gente usaba barbijos. El mundo estaba afectado por
la amenaza bioterrorista. Mi padre en su trabajo abrìa los sobres con una
màscara que parecía extraterrestre. Y es que la tierra estaba cambiando y uno
debía ver un sobre como antes podría haber imaginado una guadaña. A mí me
costaba creer que ese sobre que era igual al que llegaba el mes anterior en
esta ocasión podía traer la muerte. Pero la imagen de las torres diluyéndose
eran como un cristo en la cruz diciéndome que efectivamente a dios lo colgaron
de un poste y que yo o cualquiera podría morirse a las 24 horas de inhalar el
sobre. Por suerte mi temprana noción de auto periferia me dejaba tranquila,
después de todo yo no tenía torres en mi país y delante de mí habría como miles
de millones de estadounidenses o europeos que esperaban en la fila del
purgatorio antràxico antes que yo. De cualquier modo el azar siempre era una
causa temible. Mediante el azar aprendí también el temor de dios. Si dios no
existe, no hay nada que temer, es como
el cuco, en realidad es un padre golpeando una madera (bueno habrá padres de
mayor inventiva que el mìo) si dios y el cuco no existen estamos salvados. Pero
en las opciones posibles, es tan posible que exista como que no exista, y si
es el azar el que rige su existencia, es
decir si el hecho de que exista o no exista se define por pura casualidad,
entonces puede que exista, entonces no estamos salvados, entonces va a haber
que dar cuenta del yo al final de los días, lo cual tiene la tranquilidad del
no fin de los días después de los días pero la monstruosidad de la eternidad
del después del fin de los días. Todas estas cosas me atormentaban de pequeña,
por lo cual supongo que habría alguien que me hablaba de dios antes de que yo
supiera hablar. inicialmente pensaba que
era mi tía abuela y mi abuela porque siempre las tenía identificadas con lo que
estaba un poco más allá del núcleo directo de la familia pero tan acá como para
ser consideradas familia. Más de grande me enteré que , de todos los dioses que
podían visitar mi hogar en esas épocas, me visitaba el peor de los dioses
cristianos, el dios de los testigos con su filosofía apocalíptica y culpògena
que me encargué de leer en la biblia para niños infelices entre los seis y los
siete años y que fue la fuente de tormentos más viva de toda mi infancia. Lo
que le faltó al dios de los testigos fue disciplina. Mi madre lo sacó a patadas
de casa cuando el dios le sugirió que tirara todos sus libros de budismo y
autoayuda. Quizás si hubiera empezado por esos libros hoy no tendría un dios
sino que haría kame hame ha, pero lamentablemente a diferencia de los niños
felices del otro lado del globo yo sòlo tengo mi dios al que llamo diosito dado
que dónde más escuché acerca de la existencia indudable de dios es fue en las
novelas mexicanas donde las desgraciadas protagonistas decían siempre-siempre
sin la paternal duda –ay diosito-ay diosito y de allì tomé su nombre y no del
cuento de Borges que era más bien como un dios paterno, más duda que fe. La
cuestión es que yo, como todos los niños nací creyendo en que el mundo existía
y de entre todas las posibilidades del mundo en mi mundo había un dios que para
mi padre era una duda, para el dios testigo era un rostro invisible que un día
iba a llegar a la tierra a patearnos el culo a todos y un dios materno que se
resumía en la siguiente frase: “vos podés creer en el dios que quieras”.
Imagínense que uno llega a una fiesta de
cumpleaños, entonces sòlo están los invitados y uno habla con tres personas. La
primera les dice que en realidad esto no es una fiesta, que no hay tal cumpleaños,
que la persona que cumple años no existe, y que no sabe bien por qué estamos
todos acá. Esa persona da en llamarse padre desde aquí y para toda la vida.
Luego hay un murmullo en la sala de gente que usted ni conoce ni recuerda pero
que le dicen que estamos todos acá como en una sala de espera porque en un
momento va a venir el cumpleañero y nos va dar una patada tan grande en el culo
que si sibrevivimos ascendemos a los cielos pero lo más probable es que ninguno
sobreviva porque somos todos una porquería y el cumpleañeros no nos quiere más
en esa su fiesta a la que no llega nunca. Esa es la voz de la religión con la
cual mis padres no se dieron muy del todo. Luego hay un tercer sujeto que será
eternamente llamado madre y que me dice que el cumpleañero va a ser el que yo elija. Por lo tanto creer en
dios puede ser como ponerse un bonete. Digo, si yo puedo elegir quien cumple
años y tengo cinco años es obvio que me voy a elegir a mì misma. Entonces yo
llego a mi cumpleaños y tengo que encargarme de una fiesta de cumpleaños porque
a partir de ahora mi padre cree que no existo, mi madre cree que me puedo estar
equivocando o que no importa porque sòlo yo voy a creer en eso y otros creerán
otra cosa y además hay un montón de personitas que me están esperando para que
les patee el culo. Aprendiendo de dios también aprendí de mi hijandad. Es lo que hay me dije- mi hijandad fue más bien llegar a la fiesta y tener que
lavar los platos. Operación que me he encargado de repetir todos los días como
un rito de sumisión forzosa a la humanidad, yo dios. El problema más grave de tener que creer que
dios era yo fue darme cuenta que a diferencia de los dioses de otros mi dios no
tenía aun su propia religión. A diferencia de la competencia que llevaba
cientos, miles de años mi dios sòlo tenía seis años y yo era la única persona
viviente que creía en él. Sólo el tamaño de mi fe me dejaba tranquila. Despuès
de todo los dinosaurios llevaban màs de miles, millones de años sobre la tierra
y había gente que no creìa en ellos ni creerán jamás, los ateos históricos, los
relativistas, mi padre. Yo misma era la morada màs segura porque mientras yo
viviera nadie se animarìa a desmentirme y por lo tanto tendría mi fe asegurada
ad eternum y después què me importa habrá también un ángel. Antes de creer en
dios creìa en el àngel de la guarda. Para que yo exista y me muera y siga
existiendo, no hacìa falta un dios, sino un ángel de la guarda que se supone
que dios o yo lo habían hecho para mì a mi medida. Cuando empecé a creer en
dios esta idea me asustó un poco y le rogué por favor que en la lista de
personas que eran las que podían llegar a tener apariciones yo fuera una de las
últimas y le hice una jerarquía de apariciones intolerables donde el demonio
figuraba como primera, todas las manifestaciones monstruosas en el medio y por
último el ángel guardián pero le pedía encarecidamente que fuera a la aparición
que se encargara mejor de ocultar porque yo estaba segura de que existía en
cambio del demonio de los monstruos y de dios tenía aún mis dudas y si la veía
me pegaba alto cagaso. Todas las noches le hablaba al ángel y le pedía por
favor que por más que yo estaba segura que él estaba ahí y él estaba seguro que
yo estaba acá que no se me apareciera nunca, que se conformara con que yo le hablara
a las noches para que confirmemos que él estaba ahí y yo también y que como
máximo si él necesitaba más que otros días confirmar su existencia me
presionara apenas los pies debajo de la frazada. Imaginense que todas estas
silenciosas conversaciones las tenía con la frazada hasta la cabeza y todos mis
ositos alrededor. A la mañana siempre uno de mis ositos, Andresito, como mi
mejor amigo, se caìa al piso y yo me enojaba con mi àngel y le reprochaba que
si me iba a cuidar como Andresito estábamos fritos, que para eso volvìa al
inseguro sistema de mi madre mi padre y la fiesta de los platos. Inmediatamente
sentía culpa porque quizás para Andresito yo era un ángel que en vez de
cuidarlo se quedaba dormido y lo tiraba del mundo todas las noches. Siempre le
daba un beso y le prometía que mañana no pasaría porque me iba a volver a
angustiar. Finalmente la existencia de dios llegaba con la existencia invisible
del àngel. Porque del àngel yo estaba segurísima de que existía porque estaba
hecho a mi medida y si yo podía elegir a dios y me elegía a mí misma como iba a
ser tan idiota de no ponerme un guardaespaldas? No vaya a ser cosa que yo me
muriese y se acababa la totalidad de la existencia porque un día mis ojos no se
abrían más y de pronto mi padre no era más mi padre, mi madre no era más mi
madre, mi casa no era más mi casa. Entonces el
àngel guardián existía en la misma medida que yo. Pero si yo le había
pedido a dios que no me dejara verlo nunca, y el àngel tenía ganas de verme
porque si yo existía entonces él también existía, pero su existencia dependía
de asegurar la mía y cabía la posibilidad de que yo me cayera de la cama y
terminábamos los dos en la cola del purgatorio o quién sabe donde, entonces si
él también necesitaba confirmar su existencia pero yo no lo veía era porque
dios me había escuchado! Entonces mi papá estaba equivocado, mi mamá seguía
perdiendo tiempo y yo necesitaba una religión. A los siete años le ordené a mi
madre que me anotara en el catecismo, porque si un hombre colgado de un poste
había podido inventar a un dios que
duraba casi dos mil años yo que tenía todos mis miembros vivitos y coleando podía inventar a un dios nada menos que eterno
y resistente a todos los padres. Imagínense cuál fue mi decepción al aprender
que Jesús había inventado a dios antes de que lo colgaran. Lo primero que uno
siente al entrar al catolicismo es pánico por la humanidad; la primera lección
consiste en: el hombre puede ser tan
estúpido de matar a dios y colgarlo de un poste. Ahora entendía porque en la
fiesta nadie quería decir que efectivamente era el cumpleañero! Què error grave
había cometido! Yo creía que ese era mi pecado original pero eso se corrigió en
la segunda lección: todos nacemos con el mismo pecado original, o sea que el
pecado original era lo mismo que ser hombre o en realidad lo mismo que nacer
porque los animales que no tenían pecado original eran más condenados porque su
pecado no era perdonable en cambio el
nuestro recibiendo el baño inicial y
tomando la pastilla de la ostia con regularidad permanecerìa bajo control. Lo
segundo que sentí fue alivio porque si el dios de otro ya estaba en tratamiento quizás me convenía abandonar a
mi dios por las dudas que le de una enfermedad incurable como
el pecado auténtico o el pecado copia- y ahí otra vez yo – dios y la
futura religión estábamos listos. Fui
una alumna muy aplicada del catolicismo. Las profesoras de catecismo nos
hablaban de los viejos conocidos del viejo testamento. Digo viejos conocidos
porque yo ya los conocía por la biblia para niños infelices del dios testigo
que había visitado mi hogar. Pero el dios nuevo del hombre bajo el poste era
más difícil. Primero porque yo ya conocía las historias y ahora las tenía en
una versión dudosa que era la de las señoras catecistas (mi madre no era
católica y no sabìa que existían las biblias católicas para niños y de todas formas no hubiera tenido plata para
comprarla), versión que me aseguraba que dios no había hecho a Abraham llevar a
su hijo al monte para matarlo porque el dios de abraham era un dios perverso
que querìa poner a prueba la fidelidad del hombre obligándolo a matar a un ser
querido, sino porque le daba la oportunidad más hermosa y más grande de
demostrar su fe y que ojalà todos tengamos algún día tan bella ocasión y
celebremos. Ni hablar de la parte en que tenían que explicar que el dios de
adán era el mismo que de Abraham y de Noé y de Moisés pero que nosotros todo
eso lo poníamos en el archivo porque el dios de adán decidió un día encarnar en
el hombre del poste que ahora daba en llamarse su hijo y que además había una
tercer figura para completar el Edipo que no era en realidad la madre-virgen
sino una paloma que tenía al espíritu
santo porque da el caso que el dios de adán y el hombre-dios del poste tenían
el espíritu tercerizado y nosotros teníamos
que pagarle a los tres en una sola boleta y además adorar a la virgen y
a los santos por si acaso. Yo opté por no meterme con la religión de otros
porque después de todo no podía preveer las dificultades de la fiesta de
cumpleaños de mi propia religión. Fui al catecismo y antes de probar la ostia le
confesé un solo pecado al padre porque no iba a ser tan boba de confesarle que
yo tenía mi dios propio y que mis pecados se los confesaba a él cuando a mí se
me cantaba así que inventé haber sido muy mala persona con mi hermano, que en
realidad se lo merecía pero que eso no convenía hacerlo público allí. Lloraba y
lloraba pidiéndole a Jesusito que exista y que se baje del poste porque no
quería terminar como él por una humanidad tan injusta. Así llegó el día horrible de mi comunión,
donde yo que esperaba un doctorado en teología para montar mi propia industria
había recibido un montón de nociones esquizofrénicas de un dios tan efectivo
que las mujeres intentaban seguir explicándolo pase lo que pase. Siempre fui
muy devota de los actos de la religión , de levantarse un domingo a las nueve
para sentir que se hacía algo con la vida los domingos y para estar con gente
que estaba alegre y cantaba y se apretaba las manos porque creía en el dios
poste de adán en adelante. Asì que cuando aun decidì no creer màs en el dios de
adàn le pedí a mi madre que me llevara un par de veces màs a misa hasta que
aceptamos que ni mi madre ni yo nos íbamos a levantar tan temprano para ir a
ver como la gente movìa la boca por el dios de un hombre que murió hace miles
de años y que tampoco podemos dar fe de que haya existido. Ademàs algo horrible
que le habíamos preguntado a la catequista era si el demonio existía y en su
religión efectivamente existía y yo no estaba de acuerdo. Tanto me había
costado creer en un dios azaroso, el mìo como para tener que inventar un
demonio, yo que desconocìa la maldad. El
problema fue que dejar de creer en el dios de otro implicaba por ende la
posibilidad de que mi dios, el que jamàs pondría en duda, también era factible
de dejar de ser creìdo. Entonces tuve que esforzarme por crear mi demonio, por encontrarlo asì mi dios y mi àngel también
tenìan su demonio y quièn sabe si algún dìa no tendrían también un hombre que
la humanidad colgarìa de un post (ya que las cruces y los postes eran algo
bastante rudimentario para los 90) y
hasta tendría su espíritu tercerizado por una multinacional. Cuestiòn, atravesè
una etapa oscura de mi infancia-adolescencia de los 9 a los 14 donde los sueños
con extraterrestres, apocalipsis , hombres terribles y finalmente con el
demonio llevaron a descubrir mi miedo màs grande, el de estar efectivamente
loca. Me despertaba puntualmente a las cuatro cero cuatro de la mañana habiendo
soñado con inundaciones, asesinatos, bichos que no existen, secuencias
narrativas increíbles pero siempre tormentosas, torturantes que preferiría
contar en otra ocasión. Entre uno de esos sueños hubo dos que me emocionaron
particularmente hasta las làgrimas. El primero fue haber soñado con el hermano
de una amiga que había sufrido un tumor cerebral y cuyas facultades cognitivas
se vieron muy reducidas, y yo soñè que nunca había tenido tal enfermedad y que
asistíamos a su egreso en una facultad muy importante. En el sueño yo lloraba
porque no podía enteder el milagro y la familia de mi amiga me miraba como si
yo fuera emotivamente desubicada. A la salida un amigo muy querido que emigrò a
Estados Unidos y nunca màs lo vi, nos esperaba y nos abrazaba como si nunca se
hubiera ido. Este sueño no tiene nada que ver con mi dios, pero fue el único otro sueño lindo que tuve en el
comienzo del peor año de mi vida (que llegó un año y medio después). EL sueño
al que me refería fue muy sencillo. Yo estaba en un colegio desconocido para
mì, un colegio ca`tolico (hasta ese momento había ido a colegios laicos). En el
colegio católico de mi sueño había una virgen tamaño humano en una de las
salas. Quedábamos solas la virgen y yo, y al mirarla me doy cuenta que sus ojos
brillan como los de un vivo. Todavìa puede ver en mi recuerdo la mirada negra,
penetrante de los ojos de la virgen impenetrada. Cuestión llega la directora
del colegio y escapo. Al rato en uno de los pasillos pasa una nena, de 16 o 17
años muy flaquita, vestida de adiddas, re morocha y cuando la veo a los ojos,
tenía los ojos de la virgen, era ella y me ponìa los labios en señal de
silencio y se iba. Cuando volvìa a la sala donde debía estar la virgen
efectivamente había desaparecido. Mi
emoción no podía ser mayor al refregarles en la cara a esos culocerrado que la
virgen estaba viva y no era blanca y se vestìa de adiddas. Pero rápidamente
como yo era la última en verla me convertía en sospechosa y otra vez debía huir
(dos años estuve huyendo en mis pesadillas hasta el sueño de los delfines taxi)
Al llegar a la puerta de entrada salì. Al salir me encuentro en la playa frente
a un mar inmenso e infranqueable que encierra a la playa en un cìrculo. Una
conocida se encuentra ahì llorando sin parar. Me acerco y al tomarle los brazos
le pregunto què es lo que la aflige. Y me dice netamente: es que dios existe,
pero està de ese lado del mar. Entièndase que del otro lado del mar en mi sueño
no había nada. La perspectiva era terrible. Eso
existía así y nada de lo que hiciéramos
podía cambiarlo. Al otro dìa decidì volver a la iglesia, dado que mi
inconsciente tenía menos problemas que yo con el catolicismo y màs problemas
que yo con el ateísmo. Fue un período duro, el scoutismo me enseñó mucho más de
la vida que de dios. Terminé de confirmar mi inapetencia eclesiástica y empecé
a admirar a los católicos porque si de verdad sus dios resistían la
antropofagia simbólica, los cirios con los clavos de la cruz, las misas exactamente
iguales a sí mismas con la libertad de diez minutos de la pabra del cura, las
contradicciones textuales de los testamentos, el tono de voz de los padres,
entre miles y miles de detalles intolerables es porque evidentemente, de todas
las religiones, tienen la fe màs fuerte y resistente de todas. Yo quizás
tuviera una vida mucho màs cristiana que muchos esforzados, pero el catolicismo
matò mi fe. Y lo poco que quedó lo exterminò el origen de la tragedia unos años
después en el ingreso a la facultad.
Pero ahora que pasan los años…
ahora que puedo decir que el nihilismo es europeizante y por lo tanto, en mi
condición de mujer latinoamericana dejar
de creer en dios, en un dios cualquiera es como dejarse colonizar. Ahora que me
da igual creer o no creer, ¿por què no creer? Las pruebas para no creer las han
escrito otros. Pero los escritos caducan. Son creencias de menos de un siglo
que luego otro pensador se encargará de descreer públicamente. Yo quiero creer,
quiero decir “ay diosito” cuando se me cante y juntar las manos cada vez que lo
necesite y decir una oración u otra. No me importa si la oración empieza con
“padrenuestro” o con “
“. Lo que no sucede es que alguien nazca sin creer y la sociedad lo haga
creer. Supongamos entonces que yo puedo hacer eso pero conmigo. La sociedad me
hace no creer, soy un sujeto nuevo, renazco agnóstica. Y luego, creo. Creo en
el acto de necedad de querer creer. Creo en todo pero provisoriamente,
esporádicamente, escepticismo de un creyente, creo en todo por igual y me da lo
mismo. Creo en dios como en un +1, es decir como una más yo, porque si quedo yo
únicamente me la creo. Y si los otros son dios, si efectivamente dios está en
los otros, la única forma de confirmarlo es reconocerlo en uno mismo. Entonces
dios, diosito existe como acto de creer y nada más. Dios proyección del yo creo
del hombre sólo sirve para sortear la lotería del I-O. Purapotencialidad…
IOIIOIIOIIIOIOIIOIIOIIOOIOOIOII y
de pronto I. Creo en dios necio todopoderoso. Creador de mì.
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