jueves, 28 de agosto de 2014

hoy

hoy tuve ganas de extinguirme. de llorar hasta extinguirme. allá afuera. la gente lleva sus vidas en las pantallas. digo sus diarios, sus videos, su música, sus redes y un cronograma de horarios culturales para soñar el fin de semana. digo tienen, esa máquina prendida de producir memoria virtual. yo ni eso. estuve hoy, estoy todos mis días, horas horas horas pensando en mis problemas, en los problemas de otros, escuchando días de otros, no sé hacer otra cosa. mi cuerpo estancado se está convirtiendo en una gran oreja que a veces habla. no veo películas, no escucho música ya no puedo leer. mi cerebro está intervenido. voces voces voces. es hora de estar en otro lado, de estar mudada, de estar graduada, de estar pintada, investigada, encontrada, casada, ahijada, exiliada, expatriada. mi cuerpo es objeto de análisis varios. todos un gran observador, mi madre. no puedo leer. el libro no tiene ojos. las voces van cortando me el cuerpo. entonces.
entonces me dan ganas de morderlo, de estirarlo, de cortarlo, de darlo vuelta. tengo miedo de irme.
sí de irme a otra casa también, de mudarme y después
no comer, no tener para comer, no tener ganas de no tener para comer. de sentirme así. sin ganas de leer, sin pantallas que nos miren. de tener ganas de extinguirme. tan rodeada de hornallas y balcones y sueños por soñar.
hoy me arrancaría la piel. me recortaría los dedos que me sobran, me molestan.
abren cierran
váyanse dedos! no son mi cuerpo -que nada de mi cuerpo permanece! váyanse primeros.
hoy grité todas estas boludeces atravesadas, caídas de cotidianidad. digo de mi cotidianeidad, de la cotidiaeneidad de mi autoría
porque- de sólo pensarlo
hay también un nene del otro lado
en la frontera de Gaza,
no,
en la tierra palestina, hay  un nene con la mano extendida al cielo israelí diciendo "basta" o "por favor" o "mamá" en un idioma que no entiendo. y con la otra mano agarrándose el pecho le pide a un dios que no entiendo que en ese instante en que el fulgor del bombardeo es atrapado por la cámara, el mismo instante en que ese dios cesa de existir ante los ojos de la cámara, le pide que cese. que detenga. y la cámara se propagará como un eco hablando de guerra. pero el nene pide que pare el fulgor. ese bombardeo, esa sola explosión. levanta la mano al cielo y con la otra en el pecho mira de lleno al fulgor y en un idioma inentendible grita una palabra que la cámara no. dirá Dios, dirá madre, dirá guerra, dirá basta, dirá suerte. se despedirá de sus vivos. y en ese instante la explosión le arranca la cima de sus dedos. y el nene palestino no piensa en el dolor, está aturdido y escucha la sangre que le brota de la memoria de sus manos. y al otro día cuando se despierta en un hospital improvisado no extraña sus falanges, no se apena, junta lo que queda de sus dedos y en un idioma que no entiendo agradece a su dios, un dios inentendible, estar vivo. y agradece al pueblo israelí haber fallado el cálculo y agradece a la bomba que se llevó a su familia que le haya dejado un resto del cuerpo que ayer le pertenecía.
yo igual me arrancaría las falanges una a una como puntas de frutillas que alguien no quiere comer.

jueves, 3 de abril de 2014

ay diosito

Uno puede nacer creyendo o nacer sin creer y puede nacer creyendo y crecer sin creer o nacer sin creer y no creer nunca en dios. Pero lo que no sucede, no suele suceder es que nuestra sociedad haga niños que nazcan sin creer y luego crean. Uno puede creer que el último caso es el de todos los niños y que el proceso del no creer al creer es nada menos que la adopción de una cultura –teísta. Pero el común de los sociólogos pasan por alto que los niños pequeños creemos en todo y por lo tanto así como creemos en la existencia del cuco, de papá Noel y de sus padres, asì también cuando escuchamos habar de dios creemos que existe. La adopción de la cultura entonces consistiría más bien en darle una forma a ese dios o matarlo. Lo que no sucede es que haya niños que no crean. Yo fui un niño que creyó en dios hasta que mis padres se encargaron de matarlo. Cuando tenía menos de cinco años mi padre me contò que era ateo, que èl no creía que dios existiera. Si yo creìa que dios existía la duda fue la primera forma que tuvo mi dios. Dios era algo que existía en forma de duda, y, a diferencia de las baldosas que todos las ven por igual y las pisan firme, aùn cuando están flojas, dios debía ser una cosa que unos ven con firmeza y otros no ven para nada, pero que, además, la firmeza de la visión de unos no entra nunca en relación con la duda o la negación declarada de los otros.  Bueno eso en realidad define el acto de creer. Dios me recuerda al ántrax. Después del ataque de las torres la gente usaba barbijos. El mundo estaba afectado por la amenaza bioterrorista. Mi padre en su trabajo abrìa los sobres con una màscara que parecía extraterrestre. Y es que la tierra estaba cambiando y uno debía ver un sobre como antes podría haber imaginado una guadaña. A mí me costaba creer que ese sobre que era igual al que llegaba el mes anterior en esta ocasión podía traer la muerte. Pero la imagen de las torres diluyéndose eran como un cristo en la cruz diciéndome que efectivamente a dios lo colgaron de un poste y que yo o cualquiera podría morirse a las 24 horas de inhalar el sobre. Por suerte mi temprana noción de auto periferia me dejaba tranquila, después de todo yo no tenía torres en mi país y delante de mí habría como miles de millones de estadounidenses o europeos que esperaban en la fila del purgatorio antràxico antes que yo. De cualquier modo el azar siempre era una causa temible. Mediante el azar aprendí también el temor de dios. Si dios no existe,  no hay nada que temer, es como el cuco, en realidad es un padre golpeando una madera (bueno habrá padres de mayor inventiva que el mìo) si dios y el cuco no existen estamos salvados. Pero en las opciones posibles, es tan posible que exista como que no exista, y si es  el azar el que rige su existencia, es decir si el hecho de que exista o no exista se define por pura casualidad, entonces puede que exista, entonces no estamos salvados, entonces va a haber que dar cuenta del yo al final de los días, lo cual tiene la tranquilidad del no fin de los días después de los días pero la monstruosidad de la eternidad del después del fin de los días. Todas estas cosas me atormentaban de pequeña, por lo cual supongo que habría alguien que me hablaba de dios antes de que yo supiera  hablar. inicialmente pensaba que era mi tía abuela y mi abuela porque siempre las tenía identificadas con lo que estaba un poco más allá del núcleo directo de la familia pero tan acá como para ser consideradas familia. Más de grande me enteré que , de todos los dioses que podían visitar mi hogar en esas épocas, me visitaba el peor de los dioses cristianos, el dios de los testigos con su filosofía apocalíptica y culpògena que me encargué de leer en la biblia para niños infelices entre los seis y los siete años y que fue la fuente de tormentos más viva de toda mi infancia. Lo que le faltó al dios de los testigos fue disciplina. Mi madre lo sacó a patadas de casa cuando el dios le sugirió que tirara todos sus libros de budismo y autoayuda. Quizás si hubiera empezado por esos libros hoy no tendría un dios sino que haría kame hame ha, pero lamentablemente a diferencia de los niños felices del otro lado del globo yo sòlo tengo mi dios al que llamo diosito dado que dónde más escuché acerca de la existencia indudable de dios es fue en las novelas mexicanas donde las desgraciadas protagonistas decían siempre-siempre sin la paternal duda –ay diosito-ay diosito y de allì tomé su nombre y no del cuento de Borges que era más bien como un dios paterno, más duda que fe. La cuestión es que yo, como todos los niños nací creyendo en que el mundo existía y de entre todas las posibilidades del mundo en mi mundo había un dios que para mi padre era una duda, para el dios testigo era un rostro invisible que un día iba a llegar a la tierra a patearnos el culo a todos y un dios materno que se resumía en la siguiente frase: “vos podés creer en el dios que quieras”. Imagínense que uno llega  a una fiesta de cumpleaños, entonces sòlo están los invitados y uno habla con tres personas. La primera les dice que en realidad esto no es una fiesta, que no hay tal cumpleaños, que la persona que cumple años no existe, y que no sabe bien por qué estamos todos acá. Esa persona da en llamarse padre desde aquí y para toda la vida. Luego hay un murmullo en la sala de gente que usted ni conoce ni recuerda pero que le dicen que estamos todos acá como en una sala de espera porque en un momento va a venir el cumpleañero y nos va dar una patada tan grande en el culo que si sibrevivimos ascendemos a los cielos pero lo más probable es que ninguno sobreviva porque somos todos una porquería y el cumpleañeros no nos quiere más en esa su fiesta a la que no llega nunca. Esa es la voz de la religión con la cual mis padres no se dieron muy del todo. Luego hay un tercer sujeto que será eternamente llamado madre y que me dice que el cumpleañero va a  ser el que yo elija. Por lo tanto creer en dios puede ser como ponerse un bonete. Digo, si yo puedo elegir quien cumple años y tengo cinco años es obvio que me voy a elegir a mì misma. Entonces yo llego a mi cumpleaños y tengo que encargarme de una fiesta de cumpleaños porque a partir de ahora mi padre cree que no existo, mi madre cree que me puedo estar equivocando o que no importa porque sòlo yo voy a creer en eso y otros creerán otra cosa y además hay un montón de personitas que me están esperando para que les patee el culo. Aprendiendo de dios también aprendí de mi hijandad.  Es lo que hay me dije- mi hijandad  fue más bien llegar a la fiesta y tener que lavar los platos. Operación que me he encargado de repetir todos los días como un rito de sumisión forzosa a la humanidad, yo dios.  El problema más grave de tener que creer que dios era yo fue darme cuenta que a diferencia de los dioses de otros mi dios no tenía aun su propia religión. A diferencia de la competencia que llevaba cientos, miles de años mi dios sòlo tenía seis años y yo era la única persona viviente que creía en él. Sólo el tamaño de mi fe me dejaba tranquila. Despuès de todo los dinosaurios llevaban màs de miles, millones de años sobre la tierra y había gente que no creìa en ellos ni creerán jamás, los ateos históricos, los relativistas, mi padre. Yo misma era la morada màs segura porque mientras yo viviera nadie se animarìa a desmentirme y por lo tanto tendría mi fe asegurada ad eternum y después què me importa habrá también un ángel. Antes de creer en dios creìa en el àngel de la guarda. Para que yo exista y me muera y siga existiendo, no hacìa falta un dios, sino un ángel de la guarda que se supone que dios o yo lo habían hecho para mì a mi medida. Cuando empecé a creer en dios esta idea me asustó un poco y le rogué por favor que en la lista de personas que eran las que podían llegar a tener apariciones yo fuera una de las últimas y le hice una jerarquía de apariciones intolerables donde el demonio figuraba como primera, todas las manifestaciones monstruosas en el medio y por último el ángel guardián pero le pedía encarecidamente que fuera a la aparición que se encargara mejor de ocultar porque yo estaba segura de que existía en cambio del demonio de los monstruos y de dios tenía aún mis dudas y si la veía me pegaba alto cagaso. Todas las noches le hablaba al ángel y le pedía por favor que por más que yo estaba segura que él estaba ahí y él estaba seguro que yo estaba acá que no se me apareciera nunca, que se conformara con que yo le hablara a las noches para que confirmemos que él estaba ahí y yo también y que como máximo si él necesitaba más que otros días confirmar su existencia me presionara apenas los pies debajo de la frazada. Imaginense que todas estas silenciosas conversaciones las tenía con la frazada hasta la cabeza y todos mis ositos alrededor. A la mañana siempre uno de mis ositos, Andresito, como mi mejor amigo, se caìa al piso y yo me enojaba con mi àngel y le reprochaba que si me iba a cuidar como Andresito estábamos fritos, que para eso volvìa al inseguro sistema de mi madre mi padre y la fiesta de los platos. Inmediatamente sentía culpa porque quizás para Andresito yo era un ángel que en vez de cuidarlo se quedaba dormido y lo tiraba del mundo todas las noches. Siempre le daba un beso y le prometía que mañana no pasaría porque me iba a volver a angustiar. Finalmente la existencia de dios llegaba con la existencia invisible del àngel. Porque del àngel yo estaba segurísima de que existía porque estaba hecho a mi medida y si yo podía elegir a dios y me elegía a mí misma como iba a ser tan idiota de no ponerme un guardaespaldas? No vaya a ser cosa que yo me muriese y se acababa la totalidad de la existencia porque un día mis ojos no se abrían más y de pronto mi padre no era más mi padre, mi madre no era más mi madre, mi casa no era más mi casa. Entonces el  àngel guardián existía en la misma medida que yo. Pero si yo le había pedido a dios que no me dejara verlo nunca, y el àngel tenía ganas de verme porque si yo existía entonces él también existía, pero su existencia dependía de asegurar la mía y cabía la posibilidad de que yo me cayera de la cama y terminábamos los dos en la cola del purgatorio o quién sabe donde, entonces si él también necesitaba confirmar su existencia pero yo no lo veía era porque dios me había escuchado! Entonces mi papá estaba equivocado, mi mamá seguía perdiendo tiempo y yo necesitaba una religión. A los siete años le ordené a mi madre que me anotara en el catecismo, porque si un hombre colgado de un poste había podido inventar a un dios  que duraba casi dos mil años yo que tenía todos mis miembros vivitos y coleando  podía inventar a un dios nada menos que eterno y resistente a todos los padres. Imagínense cuál fue mi decepción al aprender que Jesús había inventado a dios antes de que lo colgaran. Lo primero que uno siente al entrar al catolicismo es pánico por la humanidad; la primera lección consiste en:  el hombre puede ser tan estúpido de matar a dios y colgarlo de un poste. Ahora entendía porque en la fiesta nadie quería decir que efectivamente era el cumpleañero! Què error grave había cometido! Yo creía que ese era mi pecado original pero eso se corrigió en la segunda lección: todos nacemos con el mismo pecado original, o sea que el pecado original era lo mismo que ser hombre o en realidad lo mismo que nacer porque los animales que no tenían pecado original eran más condenados porque su pecado no  era perdonable en cambio el nuestro  recibiendo el baño inicial y tomando la pastilla de la ostia con regularidad permanecerìa bajo control. Lo segundo que sentí fue alivio porque si el dios de otro ya estaba  en tratamiento quizás me convenía abandonar a mi dios por las dudas que le de una enfermedad incurable  como  el pecado auténtico o el pecado copia- y ahí otra vez yo – dios y la futura religión  estábamos listos. Fui una alumna muy aplicada del catolicismo. Las profesoras de catecismo nos hablaban de los viejos conocidos del viejo testamento. Digo viejos conocidos porque yo ya los conocía por la biblia para niños infelices del dios testigo que había visitado mi hogar. Pero el dios nuevo del hombre bajo el poste era más difícil. Primero porque yo ya conocía las historias y ahora las tenía en una versión dudosa que era la de las señoras catecistas (mi madre no era católica y no sabìa que existían las biblias católicas para niños y de  todas formas no hubiera tenido plata para comprarla), versión que me aseguraba que dios no había hecho a Abraham llevar a su hijo al monte para matarlo porque el dios de abraham era un dios perverso que querìa poner a prueba la fidelidad del hombre obligándolo a matar a un ser querido, sino porque le daba la oportunidad más hermosa y más grande de demostrar su fe y que ojalà todos tengamos algún día tan bella ocasión y celebremos. Ni hablar de la parte en que tenían que explicar que el dios de adán era el mismo que de Abraham y de Noé y de Moisés pero que nosotros todo eso lo poníamos en el archivo porque el dios de adán decidió un día encarnar en el hombre del poste que ahora daba en llamarse su hijo y que además había una tercer figura para completar el Edipo que no era en realidad la madre-virgen sino una paloma  que tenía al espíritu santo porque da el caso que el dios de adán y el hombre-dios del poste tenían el espíritu tercerizado y nosotros teníamos  que pagarle a los tres en una sola boleta y además adorar a la virgen y a los santos por si acaso. Yo opté por no meterme con la religión de otros porque después de todo no podía preveer las dificultades de la fiesta de cumpleaños de mi propia religión. Fui al catecismo y antes de probar la ostia le confesé un solo pecado al padre porque no iba a ser tan boba de confesarle que yo tenía mi dios propio y que mis pecados se los confesaba a él cuando a mí se me cantaba así que inventé haber sido muy mala persona con mi hermano, que en realidad se lo merecía pero que eso no convenía hacerlo público allí. Lloraba y lloraba pidiéndole a Jesusito que exista y que se baje del poste porque no quería terminar como él por una humanidad tan injusta.  Así llegó el día horrible de mi comunión, donde yo que esperaba un doctorado en teología para montar mi propia industria había recibido un montón de nociones esquizofrénicas de un dios tan efectivo que las mujeres intentaban seguir explicándolo pase lo que pase. Siempre fui muy devota de los actos de la religión , de levantarse un domingo a las nueve para sentir que se hacía algo con la vida los domingos y para estar con gente que estaba alegre y cantaba y se apretaba las manos porque creía en el dios poste de adán en adelante. Asì que cuando aun decidì no creer màs en el dios de adàn le pedí a mi madre que me llevara un par de veces màs a misa hasta que aceptamos que ni mi madre ni yo nos íbamos a levantar tan temprano para ir a ver como la gente movìa la boca por el dios de un hombre que murió hace miles de años y que tampoco podemos dar fe de que haya existido. Ademàs algo horrible que le habíamos preguntado a la catequista era si el demonio existía y en su religión efectivamente existía y yo no estaba de acuerdo. Tanto me había costado creer en un dios azaroso, el mìo como para tener que inventar un demonio, yo que desconocìa la maldad.  El problema fue que dejar de creer en el dios de otro implicaba por ende la posibilidad de que mi dios, el que jamàs pondría en duda, también era factible de dejar de ser creìdo. Entonces tuve que esforzarme por crear mi demonio,  por encontrarlo asì mi dios y mi àngel también tenìan su demonio y quièn sabe si algún dìa no tendrían también un hombre que la humanidad colgarìa de un post (ya que las cruces y los postes eran algo bastante rudimentario  para los 90) y hasta tendría su espíritu tercerizado por una multinacional. Cuestiòn, atravesè una etapa oscura de mi infancia-adolescencia de los 9 a los 14 donde los sueños con extraterrestres, apocalipsis , hombres terribles y finalmente con el demonio llevaron a descubrir mi miedo màs grande, el de estar efectivamente loca. Me despertaba puntualmente a las cuatro cero cuatro de la mañana habiendo soñado con inundaciones, asesinatos, bichos que no existen, secuencias narrativas increíbles pero siempre tormentosas, torturantes que preferiría contar en otra ocasión. Entre uno de esos sueños hubo dos que me emocionaron particularmente hasta las làgrimas. El primero fue haber soñado con el hermano de una amiga que había sufrido un tumor cerebral y cuyas facultades cognitivas se vieron muy reducidas, y yo soñè que nunca había tenido tal enfermedad y que asistíamos a su egreso en una facultad muy importante. En el sueño yo lloraba porque no podía enteder el milagro y la familia de mi amiga me miraba como si yo fuera emotivamente desubicada. A la salida un amigo muy querido que emigrò a Estados Unidos y nunca màs lo vi, nos esperaba y nos abrazaba como si nunca se hubiera ido. Este sueño no tiene nada que ver con mi dios, pero fue el  único otro sueño lindo que tuve en el comienzo del peor año de mi vida (que llegó un año y medio después). EL sueño al que me refería fue muy sencillo. Yo estaba en un colegio desconocido para mì, un colegio ca`tolico (hasta ese momento había ido a colegios laicos). En el colegio católico de mi sueño había una virgen tamaño humano en una de las salas. Quedábamos solas la virgen y yo, y al mirarla me doy cuenta que sus ojos brillan como los de un vivo. Todavìa puede ver en mi recuerdo la mirada negra, penetrante de los ojos de la virgen impenetrada. Cuestión llega la directora del colegio y escapo. Al rato en uno de los pasillos pasa una nena, de 16 o 17 años muy flaquita, vestida de adiddas, re morocha y cuando la veo a los ojos, tenía los ojos de la virgen, era ella y me ponìa los labios en señal de silencio y se iba. Cuando volvìa a la sala donde debía estar la virgen efectivamente había desaparecido.  Mi emoción no podía ser mayor al refregarles en la cara a esos culocerrado que la virgen estaba viva y no era blanca y se vestìa de adiddas. Pero rápidamente como yo era la última en verla me convertía en sospechosa y otra vez debía huir (dos años estuve huyendo en mis pesadillas hasta el sueño de los delfines taxi) Al llegar a la puerta de entrada salì. Al salir me encuentro en la playa frente a un mar inmenso e infranqueable que encierra a la playa en un cìrculo. Una conocida se encuentra ahì llorando sin parar. Me acerco y al tomarle los brazos le pregunto què es lo que la aflige. Y me dice netamente: es que dios existe, pero està de ese lado del mar. Entièndase que del otro lado del mar en mi sueño no había nada. La perspectiva era terrible. Eso existía así y nada de lo que hiciéramos podía cambiarlo. Al otro dìa decidì volver a la iglesia, dado que mi inconsciente tenía menos problemas que yo con el catolicismo y màs problemas que yo con el ateísmo. Fue un período duro, el scoutismo me enseñó mucho más de la vida que de dios. Terminé de confirmar mi inapetencia eclesiástica y empecé a admirar a los católicos porque si de verdad sus dios resistían la antropofagia simbólica, los cirios con los clavos de la cruz, las misas exactamente iguales a sí mismas con la libertad de diez minutos de la pabra del cura, las contradicciones textuales de los testamentos, el tono de voz de los padres, entre miles y miles de detalles intolerables es porque evidentemente, de todas las religiones, tienen la fe màs fuerte y resistente de todas. Yo quizás tuviera una vida mucho màs cristiana que muchos esforzados, pero el catolicismo matò mi fe. Y lo poco que quedó lo exterminò el origen de la tragedia unos años después en el ingreso a la facultad.
Pero ahora que pasan los años… ahora que puedo decir que el nihilismo es europeizante y por lo tanto, en mi condición de mujer  latinoamericana dejar de creer en dios, en un dios cualquiera es como dejarse colonizar. Ahora que me da igual creer o no creer, ¿por què no creer? Las pruebas para no creer las han escrito otros. Pero los escritos caducan. Son creencias de menos de un siglo que luego otro pensador se encargará de descreer públicamente. Yo quiero creer, quiero decir “ay diosito” cuando se me cante y juntar las manos cada vez que lo necesite y decir una oración u otra. No me importa si la oración empieza con “padrenuestro” o con “                         “. Lo que no sucede es que alguien nazca sin creer y la sociedad lo haga creer. Supongamos entonces que yo puedo hacer eso pero conmigo. La sociedad me hace no creer, soy un sujeto nuevo, renazco agnóstica. Y luego, creo. Creo en el acto de necedad de querer creer. Creo en todo pero provisoriamente, esporádicamente, escepticismo de un creyente, creo en todo por igual y me da lo mismo. Creo en dios como en un +1, es decir como una más yo, porque si quedo yo únicamente me la creo. Y si los otros son dios, si efectivamente dios está en los otros, la única forma de confirmarlo es reconocerlo en uno mismo. Entonces dios, diosito existe como acto de creer y nada más. Dios proyección del yo creo del hombre sólo sirve para sortear la lotería del I-O.   Purapotencialidad…
IOIIOIIOIIIOIOIIOIIOIIOOIOOIOII y de pronto I. Creo en dios necio todopoderoso. Creador de mì.



jueves, 20 de marzo de 2014

ley

debería tenerlo tallado en piedra y ponerlo debajo de la almohada "no te leas"
creo que nunca voy a llegar a abandonar esta clase media que tengo tan metida en la cabeza. escribo borro escribo. dedos làtigo. soy una madre de mierda conmigo misma y con los demàs tambièn.
y conservo una ignorancia impertinente. sè lo que sería mejor olvidar, lo importante lo desconozco.
sólo los sueños no me contradicen.