hoy tuve ganas de extinguirme. de llorar hasta extinguirme. allá afuera. la gente lleva sus vidas en las pantallas. digo sus diarios, sus videos, su música, sus redes y un cronograma de horarios culturales para soñar el fin de semana. digo tienen, esa máquina prendida de producir memoria virtual. yo ni eso. estuve hoy, estoy todos mis días, horas horas horas pensando en mis problemas, en los problemas de otros, escuchando días de otros, no sé hacer otra cosa. mi cuerpo estancado se está convirtiendo en una gran oreja que a veces habla. no veo películas, no escucho música ya no puedo leer. mi cerebro está intervenido. voces voces voces. es hora de estar en otro lado, de estar mudada, de estar graduada, de estar pintada, investigada, encontrada, casada, ahijada, exiliada, expatriada. mi cuerpo es objeto de análisis varios. todos un gran observador, mi madre. no puedo leer. el libro no tiene ojos. las voces van cortando me el cuerpo. entonces.
entonces me dan ganas de morderlo, de estirarlo, de cortarlo, de darlo vuelta. tengo miedo de irme.
sí de irme a otra casa también, de mudarme y después
no comer, no tener para comer, no tener ganas de no tener para comer. de sentirme así. sin ganas de leer, sin pantallas que nos miren. de tener ganas de extinguirme. tan rodeada de hornallas y balcones y sueños por soñar.
hoy me arrancaría la piel. me recortaría los dedos que me sobran, me molestan.
abren cierran
váyanse dedos! no son mi cuerpo -que nada de mi cuerpo permanece! váyanse primeros.
hoy grité todas estas boludeces atravesadas, caídas de cotidianidad. digo de mi cotidianeidad, de la cotidiaeneidad de mi autoría
porque- de sólo pensarlo
hay también un nene del otro lado
en la frontera de Gaza,
no,
en la tierra palestina, hay un nene con la mano extendida al cielo israelí diciendo "basta" o "por favor" o "mamá" en un idioma que no entiendo. y con la otra mano agarrándose el pecho le pide a un dios que no entiendo que en ese instante en que el fulgor del bombardeo es atrapado por la cámara, el mismo instante en que ese dios cesa de existir ante los ojos de la cámara, le pide que cese. que detenga. y la cámara se propagará como un eco hablando de guerra. pero el nene pide que pare el fulgor. ese bombardeo, esa sola explosión. levanta la mano al cielo y con la otra en el pecho mira de lleno al fulgor y en un idioma inentendible grita una palabra que la cámara no. dirá Dios, dirá madre, dirá guerra, dirá basta, dirá suerte. se despedirá de sus vivos. y en ese instante la explosión le arranca la cima de sus dedos. y el nene palestino no piensa en el dolor, está aturdido y escucha la sangre que le brota de la memoria de sus manos. y al otro día cuando se despierta en un hospital improvisado no extraña sus falanges, no se apena, junta lo que queda de sus dedos y en un idioma que no entiendo agradece a su dios, un dios inentendible, estar vivo. y agradece al pueblo israelí haber fallado el cálculo y agradece a la bomba que se llevó a su familia que le haya dejado un resto del cuerpo que ayer le pertenecía.
yo igual me arrancaría las falanges una a una como puntas de frutillas que alguien no quiere comer.